domingo, 20 de abril de 2014

A la sacadita, no se la escucha. A la sacadita, no se la entiende. La sacadita siempre sacada será y responderá de esa manera ante cualquier situación.

Quiero dejar de enojarme. Quiero dejar de enojarme en cada situación, como primer respuesta a todo estímulo, como solución obvia a todo conflicto que se me presenta. Siento que estallo cuando me callan, estallo cuando me gritan, cuando no me entienden- ni hacen el esfuerzo para hacerlo-. Estallo constantemente cuando pido ayuda -y la puta madre, ¡cómo me cuesta pedir ayuda!- y no hay respuesta. Y empiezo a sentir fuego en el pecho, que se retroalimenta al pasar el tiempo, y emergen en mi cabeza un millón de conclusiones que se contradicen entre sí. Y ahora la que se grita, se calla, y no se deja hablar soy yo, entre mis múltiples voces, entre mi enquilombado cúmulo de bronca, y vocifero "basta, loco, basta, dejá de enojarte", y empiezo a pensar que fue injusto, que yo no hice nada para merecer tal descaro, tal desprecio, tal maltrato -que son reales, no los invento, que son tan graves en mi cabeza que no tengo la habilidad de concentrarme en otra cosa-.
¿Por qué me enojo tanto? ¿Por qué pierdo el encanto de vivir cada vez que algo me irrita? En esos momentos de soledad y automutilación deseo desaparecer, porque no tengo ganas de estar así, porque me convenzo de que es un ciclo que se reproduce y que me va a seguir consumiendo energía en vano.
Basta. Basta. Me duele mucho intentar y que ya todo a mi alrededor esté organizado de tal forma que las clasificaciones pesan tanto que terminan permeando mis relaciones. Más me animo a decir que todo está pensado como si fuese estanco, como si yo fuese la misma que hace un año, o hace dos días, y como si fuese a responder a los mismos estímulos de la misma manera. ¿Debo aclarar, entonces, que yo crezco, que la gente crece, y que todo se transforma? Siento que al intentar salir de este casillero se me vino encima una marea de gente que me empuja y me apela a volver a meterme en él.