Todo es una puja de poder y de sentido, hasta en los ámbitos más micro y más privados. Es impresionante como relaciones que uno creía exentas de los pequeños manejos mutantes de lo mercantil y patriarcal, en situaciones límite, se expresan en todo su esplendor como una reproducción de todo aquello.
Me hace sentir ingenua el confiar al olvido los manejos dicotómicos de la cotidianeidad, tan lejanos o trabajados o develados para que no existan más cuando, en realidad, siguen presentes en todo contenido.
Cuando gente varia me hablaba de lo horrible del devenir humano, de lo muertas que están las redes de relaciones de apoyo mutuo, me recuerdo levantando bandera de que no, de que existen situaciones alternativas y que es menester ampliarlas, comunicarlas y reproducirlas. Hoy, devastada, frustrada, no encuentro energías para levantar lema alguno, no encuentro manera de sobrevivir al desencanto -y eso que creo que al desencanto se lo debería eliminar de raíz-.
Es difícil plantarse en un lugar de cooperación y escucha, y discutir y pelear por ideales colectivos cuando todo está organizado de otra manera, cuando los compartimientos de significado son estancos, cuando no se respeta al que presenta alguna alternativa. Pareciera que lo cómodo es, justamente, la vida cómoda, fácil, esperable y predecible. Pareciera que lo cómodo, lo fácil, lo esperable y predecible incluye no meterse en la baldosa del otro, porque la privacidad es lo todo y los ideales individuales el máximo sueño a alcanzar.
abya yala
miércoles, 20 de agosto de 2014
jueves, 14 de agosto de 2014
¿Por qué escribir?
¿Por qué público? No sé. Me mueve la incertidumbre, la posibilidad de que mis inquietudes puedan despertar otras inquietudes, de que mis lamentos o alegrías puedan ser sentidos por otra persona también. Que, en alguna de esas oportunidades, alguien encuentre en mis palabras la expresión de lo que no podía expresar con las suyas. Un ejemplo, una guía, un estilo que guste o que no guste. Acá estoy.
Escribo cuando lo que pienso o siento sobrepasa mi capacidad de soportarlo mental o físicamente. Escribo cuando tengo la certeza de que si no lo pongo en palabras, no lo exteriorizo, se pierde, se transforma, se diluye. Escribir es una manera de recordar, de retratar con fecha y hora -y palabras precisas- un instante que no quiero perder (o que quiero expulsar de mi ser).
Escribo de manera muy tajante, con palabras fuertes, como si todo fuese definitivo, como si todo pesase tanto como lo expreso, como si cayera y me asentara permanentemente en cada momento que describo. Así, parezco exagerada y de profundas convicciones, de banderas en alto, de camino bien marcado. Nada más alejado de la realidad (o de lo que yo creo que soy).
En un momento así, de confusión y desesperación personal, de no poder soportar el hecho de que el peso de las palabras que utilizo para escribir realmente signifiquen eso para mi, que realmente me hagan doler, o inquietarme tanto como para no poder conciliar el sueño, escribo. Elijo esta opción porque significa para mi un diálogo introspectivo que abandoné estos últimos años. Escribir -y escribirme- es, para mi, encontrarme.
Cabe decir que el devenir humano es relacional, contextual e histórico, así que lo que escribo no se agota en mi propia perspectiva cerrada, sino en vivencias que se filtran según el punto de vista en el que me pare. Encontrarme es, entonces, facilitar el contacto con los demás a mi alrededor, buscar, entender y tener presente ese punto en el que estoy parada y de allí prestar más atención a lo que digo, hago, expreso. Es un proceso que intenté realizar sin conocerme siquiera, asumiendo ridículamente que podría avanzar sin esa base.
Me veo condenada a vivir conmigo misma, con una persona que -al parecer- rechacé desde que tengo memoria. Una persona que se escinde en distintos ámbitos -yo, la estudiante, la trabajadora, la referente, la hermana, la hija, la amiga- sin terminar de ser. Ingenua, de parámetros estancos y dificultades para crecer. Si para relacionarme con los demás debo conocerme, y si para conocerme deba encontrarme, y si para ello deba escribir, acá estoy. Abandonarme ya no es una opción -me vi anexada a este cuerpo y personalidad-, así que hay que ponerse a trabajar.
Escribo cuando lo que pienso o siento sobrepasa mi capacidad de soportarlo mental o físicamente. Escribo cuando tengo la certeza de que si no lo pongo en palabras, no lo exteriorizo, se pierde, se transforma, se diluye. Escribir es una manera de recordar, de retratar con fecha y hora -y palabras precisas- un instante que no quiero perder (o que quiero expulsar de mi ser).
Escribo de manera muy tajante, con palabras fuertes, como si todo fuese definitivo, como si todo pesase tanto como lo expreso, como si cayera y me asentara permanentemente en cada momento que describo. Así, parezco exagerada y de profundas convicciones, de banderas en alto, de camino bien marcado. Nada más alejado de la realidad (o de lo que yo creo que soy).
En un momento así, de confusión y desesperación personal, de no poder soportar el hecho de que el peso de las palabras que utilizo para escribir realmente signifiquen eso para mi, que realmente me hagan doler, o inquietarme tanto como para no poder conciliar el sueño, escribo. Elijo esta opción porque significa para mi un diálogo introspectivo que abandoné estos últimos años. Escribir -y escribirme- es, para mi, encontrarme.
Cabe decir que el devenir humano es relacional, contextual e histórico, así que lo que escribo no se agota en mi propia perspectiva cerrada, sino en vivencias que se filtran según el punto de vista en el que me pare. Encontrarme es, entonces, facilitar el contacto con los demás a mi alrededor, buscar, entender y tener presente ese punto en el que estoy parada y de allí prestar más atención a lo que digo, hago, expreso. Es un proceso que intenté realizar sin conocerme siquiera, asumiendo ridículamente que podría avanzar sin esa base.
Me veo condenada a vivir conmigo misma, con una persona que -al parecer- rechacé desde que tengo memoria. Una persona que se escinde en distintos ámbitos -yo, la estudiante, la trabajadora, la referente, la hermana, la hija, la amiga- sin terminar de ser. Ingenua, de parámetros estancos y dificultades para crecer. Si para relacionarme con los demás debo conocerme, y si para conocerme deba encontrarme, y si para ello deba escribir, acá estoy. Abandonarme ya no es una opción -me vi anexada a este cuerpo y personalidad-, así que hay que ponerse a trabajar.
domingo, 10 de agosto de 2014
La enfermedad.
Hacés que no me importe nada más que el instante preciso en el que me sitúo junto a vos. En verdad, en ese momento, bailo por dentro al compás de tu voz y ya nada me toca: me reduzco físicamente y me vuelvo ánima en vuelo, suelta, feliz, curada al fin.
De raíces y alas.
Si hay algo que no elegí es el estar constantemente rodeada de niños. Históricamente, no me gustaron. Recuerdo caminar por el patio de mi colegio y verme acorralada de infancias corriendo y sentirme incómoda y molesta. Siempre quise alejarme lo más posible de todo aquello que representara la niñez.
Desde hace cuatro años que casi todos mis ámbitos están rodeados de presencias infantiles. Todos mis pensamientos, todas mis luchas, todas mis inquietudes rondan en torno a la minoría de 18 años. Levanto bandera de defensa protectora maternal, de grito humano pelado cuando tocan lo intocable, que son ellos.
Desde hace cuatro años que casi todos mis ámbitos están rodeados de presencias infantiles. Todos mis pensamientos, todas mis luchas, todas mis inquietudes rondan en torno a la minoría de 18 años. Levanto bandera de defensa protectora maternal, de grito humano pelado cuando tocan lo intocable, que son ellos.
No sé qué pasó, que giro dramático dio mi vida como para pasar de sentir a los niños como lejanos, incomprensibles e inabordables, a defender su vida, sueños y derechos como lo más santo que existe. A sentir, como nunca sentí en mi vida, un amor profundísimo por nombrecitos que corren y se ensucian y juegan. Y es que son lo máximo de lo divino, lo más alto de lo creativo, lo fuerte, lo inquebrantable. Son la búsqueda más inexorable de lo coherente, de necesidad expresa de que los sucesos y dichos tengan sentido.
Son, a la vez, lo más vulnerable. Lo más lastimado, lo más abandonado y falto de límites. Lo más manipulado, lo más quebrado. Lo más incomprendido.
Y eso que jamás quise compartirme o que aprendan de mi. El no sentirme algo que se deba reproducir, a la vez que se me apela constantemente a estar en presencia activa de niños que absorben todo lo que viven, me hizo estar en jaque durante mucho tiempo. Ser un ejemplo, que se espere una acción, un acompañamiento, una demostración de cariño, o la palabra precisa y justa, obligó a reconstruir y limar muchos aspectos de mi. No dar respuesta nunca fue una opción, así que tuve que armarme de herramientas.
jueves, 7 de agosto de 2014
Arrástrenme al medio, muchachos.
Que el lente con el que se mira permea la perspectiva no es noticia. Lo inédito es que se me desvele el corazón -como siempre-, que se me funda el pecho -como siempre-, pero esta vez de alegría.
Esto tan bello de sentir, tan extremo de vivir, tan contagioso y expansivo, tan efímero, tan tan... Otra vez tan tan. Saltar de una punta a la otra a las zancadas representa mi mayor virtud y mi mayor defecto.
Que puedo ser una rajadura de frustración o un ente de profundo amor y grito ardiente lo sé. Que ambos se contagian, lo sé. Que debo cuidar a la gente a mi alrededor, lo sé. Que uno debe asumir las consecuencias de sus palabras, lo sé. Que debo ser más gris, que debo ser más gris, que debo ser más gris.
Sino, no hay negociación, ni tranquilidad, ni un panorama claro para tomar una decisión. Porque el lente -frustrado o alegre- permea la visión.
Esto tan bello de sentir, tan extremo de vivir, tan contagioso y expansivo, tan efímero, tan tan... Otra vez tan tan. Saltar de una punta a la otra a las zancadas representa mi mayor virtud y mi mayor defecto.
Que puedo ser una rajadura de frustración o un ente de profundo amor y grito ardiente lo sé. Que ambos se contagian, lo sé. Que debo cuidar a la gente a mi alrededor, lo sé. Que uno debe asumir las consecuencias de sus palabras, lo sé. Que debo ser más gris, que debo ser más gris, que debo ser más gris.
Sino, no hay negociación, ni tranquilidad, ni un panorama claro para tomar una decisión. Porque el lente -frustrado o alegre- permea la visión.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Jóvenes que son nombrados para ser excluidos.
"La seguridad es un tema omnipresente en el debate público. Los modos en que se debate no son inocuos: reclaman y legitiman determinadas políticas públicas, y tienen consecuencias también sobre los sujetos sociales. Los relatos periodísticos de la inseguridad reflejan determinadas tendencias o estados de ánimo de la sociedad al mismo tiempo que las moldean, recortando segmentos de la realidad, definiendo víctimas y victimarios, estableciendo categorías de culpabilidad, convalidando formas de violencia.
En la mayoría de los casos, las noticias policiales sobre inseguridad responden a parámetros pre-establecidos: se trata de delitos contra la propiedad privada, cometidos por jóvenes de sectores populares. La palabra funciona en muchas oportunidades como un acto violento, y se constituye en habilitante de otros tipos de violencia sobre estos jóvenes que son nombrados para ser excluidos".
En la mayoría de los casos, las noticias policiales sobre inseguridad responden a parámetros pre-establecidos: se trata de delitos contra la propiedad privada, cometidos por jóvenes de sectores populares. La palabra funciona en muchas oportunidades como un acto violento, y se constituye en habilitante de otros tipos de violencia sobre estos jóvenes que son nombrados para ser excluidos".
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