lunes, 4 de agosto de 2014

La vida fácil.

  Sorprende cómo una situación de completa comodidad puede generar un profundo descontento, extendido en el tiempo, durante años y años. 
  Jóven de 21 años, clase media. Bandeja de oro, desayuno en la cama, familia protectora, servicios que jamás faltaron. Relaciones sociales deficitarias por implicar un esfuerzo, un movimiento de recursos y fuerzas que una infante caprichosa no estaba dispuesta a hacer. Lo más dificultoso en mi vida fue aprender que el mundo no giraba a mi alrededor. 
  ¿Quién soy yo, ente individual, que jamás aprendió a compartir ni a relacionarse? ¿Por qué la elección de mi carrera, por qué el descuidar todo sueño, por qué esperar a que me digan qué hacer? 
  ¿Dónde están mis opiniones, mis gustos, mis potencialidades?
  ¿Por qué el sentimiento de desprotección tan presente, tan constante, tan tangible? 
  ¿Cómo aprendo? ¿Quién me va movilizar si hoy, año 2014, todo me sigue lloviendo, cayendo de arriba? 
  No sufro por sufrir. Sufro por no conseguir algún objetivo. Y ese sufrimiento es producto de un capricho, de reducir mi vida entera a un eje, un ente, una misión que, sino se cumple, me hace sentir derrotada. 
  Teniendo todo servido no aprendí ni cómo sentir. No sé querer, no sé dolerme. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario