domingo, 10 de agosto de 2014

De raíces y alas.

Si hay algo que no elegí es el estar constantemente rodeada de niños. Históricamente, no me gustaron. Recuerdo caminar por el patio de mi colegio y verme acorralada de infancias corriendo y sentirme incómoda y molesta. Siempre quise alejarme lo más posible de todo aquello que representara la niñez.

Desde hace cuatro años que casi todos mis ámbitos están rodeados de presencias infantiles. Todos mis pensamientos, todas mis luchas, todas mis inquietudes rondan en torno a la minoría de 18 años. Levanto bandera de defensa protectora maternal, de grito humano pelado cuando tocan lo intocable, que son ellos. 

No sé qué pasó, que giro dramático dio mi vida como para pasar de sentir a los niños como lejanos, incomprensibles e inabordables, a defender su vida, sueños y derechos como lo más santo que existe. A sentir, como nunca sentí en mi vida, un amor profundísimo por nombrecitos que corren y se ensucian y juegan. Y es que son lo máximo de lo divino, lo más alto de lo creativo, lo fuerte, lo inquebrantable. Son la búsqueda más inexorable de lo coherente, de necesidad expresa de que los sucesos y dichos tengan sentido. 

Son, a la vez, lo más vulnerable. Lo más lastimado, lo más abandonado y falto de límites. Lo más manipulado, lo más quebrado. Lo más incomprendido. 

Y eso que jamás quise compartirme o que aprendan de mi. El no sentirme algo que se deba reproducir, a la vez que se me apela constantemente a estar en presencia activa de niños que absorben todo lo que viven, me hizo estar en jaque durante mucho tiempo. Ser un ejemplo, que se espere una acción,  un acompañamiento, una demostración de cariño, o la palabra precisa y justa, obligó a reconstruir y limar muchos aspectos de mi. No dar respuesta nunca fue una opción, así que tuve que armarme de herramientas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario